Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Tres Reyes Magos

Alguien en el ayuntamiento de Portugalete había decidido que aquellas Navidades sus majestades los Reyes Magos iban a llegar al pueblo en hidroavión. Hay que reconocer que original la idea no dejaba de ser. Tras los contactos oportunos y las reuniones necesarias, se designó a una tripulación para tan señalada misión: un primer piloto experto, un segundo conocedor de la zona, y a nuestra única mecánico de vuelo. Una semana antes del día D, se programó un vuelo -con la mencionada tripulación- para reconocer la zona, determinar la mejor forma de realizar la maniobra, y examinar los posibles peligros del real desembarco. Como no podía ser de otra manera, el vuelo se efectuó sin mayor novedad. Es más, sin la menor novedad. Sí, se analizo la maniobra, se vieron los peligros, pero... todo resultó demasiado fácil. La meteo era espectacular, el viento era calma, la marea era muerta y la corriente en la ría inapreciable. «Esto está chupao. ¿Que puede salir mal?», alguien pensaría.

Según cuenta Daniel -el entonces segundo piloto, ahora piloto instructor y probador-, local de la zona, recalcó al resto de la tripulación y a los demás afectados, que aquellas condiciones no eran en absoluto representativas de la zona. Maniobrar en la ría de Bilbao y atracar el hidroavión, no iba a resultar tan fácil. La maniobra de amarre se había establecido de la siguiente manera: el avión anfibio quedaría amarrado a dos boyas -una a proa y otra a popa- a poca distancia del paseo marítimo, y sería una pequeña embarcación la que se acercaría al mismo para recoger a sus majestades. El cabo de proa no sería difícil de asegurar desde la escotilla de morro del avión, pero el cabo de popa si acarrearía mayor dificultad. El punto de amarre correcto queda en la cola, bajo el timón de dirección, y este punto no es accesible desde dentro del avión. Alguien ajeno a la tripulación tendría que acercarse en una embarcación y asegurar un cabo allí.

Por desgracia en aquella época todavía se tenía un miedo real a que un hidroavión del Ejército del Aire pudiese ser atacado de alguna forma, y en mayor o menor medida, en aquel acto. La verdad es que la situación de indefensión iba a ser máxima, pues el avión quedaría amarrado a escasísimos metros de la costa, con los motores parados -por lo tanto sin posibilidad de reacción-, y con la tripulación en todo momento en su interior -probablemente con la ventanilla abierta y saludando a los niños y no tan niños que allí se iban a congregar-. Puede que hoy, no tanto tiempo después, esta preocupación parezca exagerada, pero los que tenemos cierta edad bien sabemos que no lo fue. Desgraciadamente E.T.A. siguió asesinando en años posteriores, y la violencia callejera en ciertas partes de Euskadi tardó años en desaparecer. Pero no me quiero desviar del tema... El cabo de popa. Se decidió pues -y por este motivo- que la tripulación debía ser capaz de soltar amarras de manera autónoma. Debían poder liberar el hidroavión sin la necesidad de que alguien ajeno a este tuviese que soltar el cabo de popa del punto de amarre que antes he comentado. Una mínima medida de autoprotección -que, siendo sinceros, poco servicio iba a prestar en caso de real necesidad- que por muy poco no acaba en tragedia.

Al sur, Portugalete. Al norte, Getxo.

El día cinco se recogió a los tres Reyes Magos en el aeropuerto de Bilbao. Como suele ser habitual -y no dejéis que vuestros críos lean esto- los tres eran personajes conocidos en la zona, de algún canal de televisión local o algo así, y parece ser que ya se subieron temerosos a aquella máquina voladora amarilla que les habría de llevar hasta su destino... Tras el despegue la turbulencia empezó a notarse. Mal asunto para alguien que no está acostumbrado a volar en la espartana bodega de un botijo -por corto que sea el trayecto-, y mal asunto para los pilotos, que ya empezaban a vislumbrar lo que se les podía venir encima. El fuerte viento del sur obligaba a amerizar desde el mar hacia tierra, ría adentro. El famoso puente colgante de Portugalete paró su continua actividad para que el hidro tomase sin riesgo alguno por debajo de él, y este así lo hizo. Una vez en el agua la tripulación comenzó a navegar hacia el interior de la ría y fue en este momento cuando se dieron cuenta de la fuerza que tenia la corriente. Esta les arrastraba irremediablemente hacia el mar, pues al contrario que el día del vuelo de entrenamiento, esta vez la marea estaba alta, bajando, y era viva. Eso unido al fuerte viento de tierra no presagiaba nada bueno.

Sus majestades -ya de pie en la bodega mientras el hidroavión navegaba- curiosos se acercaban a la cabina a preguntar que tal iba la cosa. La tripulación sobrepasó navegando el punto de amarre y los pilotos se prepararon para invertir el rumbo por estribor. Anticiparon correctamente que con tanto viento y con la aparente fuerza de la corriente no iba ser fácil realizar dicho viraje. Mucho menos fácil iba a ser el quedarse quieto en el punto correcto para poder amarrar. Patricia, la mecánico de vuelo, salio por la escotilla de morro y se preparó para recibir el cabo que se aseguraría al punto de amarre de proa, mientras el primer piloto -ya con el avión proa al noroeste- se afanaba en intentar controlar el anfibio, cosa que resultaba prácticamente imposible: la corriente se llevaba el hidro hacia el mar, y a penas con los dos motores en potencia máxima reversa se conseguía mantener en posición.

El ruido existente en ese momento en la bodega, con los dos motores rugiendo a tope, era realmente ensordecedor, y para un profano debió ser algo casi preocupante. Me consta que en esos momentos sus majestades ya no lo estaban pasando nada bien. No dejaban de preguntar ansiosos si todo aquello era normal. Si todo iba bien... Pasados unos minutos se consiguió asegurar el cabo de proa -que como podéis imaginar de poco servía en este momento, pues el hidro seguía siendo empujado en esa dirección por la corriente, y solo con dificultad mantenía su posición gracias a la reversa de sus dos motores-.

Se había decidido asegurar el segundo cabo, el de popa, introduciéndolo a través de la salida de emergencia situada en la parte derecha trasera del fuselaje, para después ser enganchado con un mosquetón a uno de los anclajes del suelo de la bodega. De nuevo la mecánico se dirigió hacia allí -calmando por el camino a los agitados Reyes Magos- y retiró la puerta de la escotilla de emergencia, dejándola apoyada junto a la salida. Recibió el cabo que desde una embarcación le ofrecieron y, tal y como se había acordado, enganchó el mosquetón en el punto de anclaje situado en el centro de la bodega. Los motores seguían rugiendo a plena potencia mientras los niños y sus familiares -situados en el paseo marítimo a escasos metros por babor- miraban anonadados el atronador espectáculo. La sargento confirmó al primer piloto que el cabo de popa había sido asegurado y este se preparó para, poco a poco, ir quitando potencia a la reversa. Ese cabo debería ahora aguantar la tensión y mantener en posición al hidroavión.

Aunque ahora ya no parecía tan buena idea, ambos motores iban a ser parados completamente para que sus majestades desembarcasen con calma por la puerta trasera izquierda -puerta que ahora quedaba frente al público-. En el momento de abanderar las hélices -paso previo a la parada de las turbinas- el avión sufre un último y repentino empujón hacia delante. Cuando hacemos esto al parar en el suelo, el freno de aparcamiento -el freno de mano del avión- impide que este salga propulsado y eche a rodar, pero en el agua dicho freno no existe. Si abanderas en el agua, el hidro se mueve hacia delante, y no tienes forma de controlarlo, porque ya no tienes control sobre las hélices. Por este motivo el avión debe estar perfectamente amarrado antes de realizar este paso. La tripulación, obviamente, era plenamente consciente de esto y se preparaba para abanderar mientras, por enésima vez, los Reyes Magos se acercaban a la cabina para ver que diantres pasaba. En ese momento un terrible estruendo metálico resonó por encima del ruido de los motores y un brutal latigazo recorrió la bodega del hidroavión. Con un último y estridente impacto se despidió el destrozado mosquetón mientras salía despedido junto con el cabo de popa por la escotilla de emergencia...

Vista del Puente de Vizcaya (Bizkaiko Zubia) desde Getxo.

Solo al destino -o a todos los dioses- hay que agradecer que la inquietud de sus majestades les impulsase una y otra vez a acercarse a la cabina, porque el destrozo que ese cabo en tensión y ese mosquetón metálico realizaron en el interior de la bodega se hubiera convertido en una verdadera carnicería de haberse encontrado ellos más atrás. Y estoy hablando de miembros amputados y de cabezas seccionadas. Terrible.

«Oye, que saltamos. ¡Nosotros saltamos ya! ¡Por favor dejadnos saltar!», gritaron acojonados los Reyes. Estaba claro que de ahí no salía nadie sin que el comandante de aeronave lo autorizase, mucho menos sin que la tripulación recobrase el control del avión, que ahora, de nuevo, volvía a ser arrastrado por la corriente a escasos metros de tierra. Imaginaros el susto, joder. Joder, joder. Enrique a penas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que había ocurrido cuando ya estaba pidiendo máxima reversa de nuevo a los motores. «Nos vamos de aquí. ¡Nos vamos! ¡Larga el cabo de proa!». Los niños sollozando en el paseo. Está claro. «¡No vienen los Reyes, mamá! ¡Van a morir todos!». Trágico. Muy trágico todo.

Nervios y tensión, y problemas a la hora de soltar el cabo de proa, hicieron interminables los minutos en los que se luchaba de nuevo contra la corriente para mantener la posición. Una vez libres de ataduras, la tripulación comenzó a navegar alejándose del desilusionado publico, hacia el mar, con la intención de invertir el rumbo para despegar contra el viento, hacia el sureste. En eso estaban cuando la mecánico se acercó alarmada a la cabina diciendo que la puerta de la escotilla trasera -que había estado apoyada cerca de la salida- estaba totalmente deformada -sin duda porque había sido golpeada por el mosquetón de popa en su dramática salida-, siendo imposible colocarla y cerrarla, y que para más inri, grandes cantidades de agua estaban entrando por la mencionada abertura, al encontrarse esta a la altura de la linea de flotación.

«¡Todos sentados! ¡Y atados! ¡Nos vamos al aeropuerto!», ordenó el comandante de aeronave. Con los Reyes todavía en estado de shock, el pesado hidroavión comenzó la carrera de despegue, mientras litros de agua se colaban en el interior de la bodega, y cientos de niños lloraban estupefactos. Cosas del directo y gajes del oficio, dirán algunos. Hay que joderse. Menudo susto.

Ya en la plataforma del aeropuerto, sus majestades pudieron desembarcar -con más pena que gloria- para después realizar el trayecto y su entrada en Portugalete en algún medio de transporte -menos glamuroso que un hidroavión amarillo- pero mucho más seguro. Y mientras tan real acto tenía lugar, la tripulación del anfibio conseguía -a base de ingenio español y martillazo- medio enderezar la puerta de la escotilla trasera, para poder volar en condiciones relativamente aceptables hasta su base en Torrejón.

3 febrero 2016

Accede al blog o consulta el índice de árticulos publicados.

2016 copyleft desliza.es

Desarrollo y diseño web por desliza.es

Creative

HTML5

CSS

RSS