Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Maldita poesía agresiva

Si los pilotos de apagafuegos somos los grunge de la aviación, los de veleros en montaña son unos malditos gurus banzai.

No me cuesta reconocer que estaba nervioso. A pesar de llevar catorce años volando, esto iba a ser algo totalmente nuevo, y por mi forma de ser, por mi forma de volar, cuando se que no tengo la situación bajo control, no me siento en absoluto cómodo del todo. Supongo que por eso, entre otras cosas, soy bueno haciendo mi trabajo. Me gusta volar de manera agresiva, pero con seguridad, y esta vez iba a pasar de volar un avión de quince toneladas, con casi cinco mil caballos de potencia y al que estoy totalmente acostumbrado, a volar en un velero de a penas cuatrocientos kilos y... sin motor alguno.

El piloto, o mas bien, el aviador con el que iba a volar era un buen amigo, conocido de los cielos virtuales de la Segunda Guerra Mundial, que llevaba algún tiempo volando veleros en el mundo real. A pesar de tan solo llevar a sus espaldas unas pocas decenas de horas de vuelo, me subí con él totalmente tranquilo y eso es algo que, pensándolo fríamente, aun me sorprende, ¡a su favor, por supuesto! Siendo yo instructor, y volando, o mejor dicho, dejando volar a instruidos a mi derecha, a pilotos ya formados, con cientos e incluso con miles de horas vuelo, pero sin experiencia alguna en mi avión, y habiendo vivido centenares de situaciones críticas debidas al vuelo en el que les intentamos instruir, el hecho de que yo me sentase en ese pequeño velero con mi colega, seguro y confiado, dice mucho de él. -Como te dije, hubiera dejado que mi hijo volase contigo, y eso no se lo digo a cualquiera.

Keper y el GROB Twin

Volar en el asiento de una cabina en tandem es algo que deseaba volver a hacer desde hace muchísimos años. Nada tiene que ver el volar en una cabina politripulada y lado a lado, con el hacerlo en una tandem. Te sientas en el centro de tu avión, con tu cúpula de burbuja, sin techo, con una visibilidad ilimitada en todas direcciones. Miras hacia atrás, y ves a tu colega. Avión de plano medio. Palanca de control en lugar de cuernos. Perfecto. Y de repente el pequeño avión que te remolca comienza a rodar. La cuerda de arrastre se tensa, y te mueves. Con escasa velocidad Keper ya tiene mando de alabeo, y las delgadas y largas alas del velero cortan el aire paralelas a la pista. Despegamos antes que nuestro remolque. Volamos a escasos pies del suelo hasta que la avioneta levanta el vuelo, y es ahora cuando comienza el largo ascenso hasta nuestra altitud de suelta. La Socata que nos arrastra anda justa de potencia para este trabajo. El piloto hace pocos meses que tiene la licencia comercial y está, como tantos, trabajando gratis para hacer unas horillas de vuelo, e ir cogiendo experiencia. Me sorprende sobremanera por donde vuela con ese veterano monomotor, y con nosotros a cuestas detrás. Entra por valles sin salida en los que yo no metería el anfibio con sus dos turbohélices y sus casi cinco mil caballos de potencia. No se si es desconocimiento, juventud o una mezcla de ellas unidas a un "esto es lo que he visto por aquí y así me enseñaron a hacerlo". Existe otra posibilidad, y es que yo sea extremadamente prudente, pero sinceramente no creo que sea así. Cualquier pequeño fallo en ese viejo motor de pistón, y esa avioneta y su joven piloto hubieran acabado hechos puré contra los Pirineos. -Si algún día lees esto, piensa que no es una crítica, ni por supuesto nada personal; me pareciste una excelente persona y me caiste bien, pero lo que haceis me parece, sinceramente, peligroso-. Yo, flipando como iba ante semejante situación, iba tranquilo, pues sabía que no teníamos problema. Ante la duda, nosotros, muchísimo más ligeros y hábiles en nuestro velero, podríamos salir de aquella ratonera, y si bien no llegar a la pista de partida para aterrizar, si salvar la vida y casi con total seguridad el velero aporrizando en cualquier campo del valle.

Subimos todo lo que el tiempo, y por lo tanto el dinero, nos permitió. Cierto es que nuestro remolque hizo todo lo que pudo para llevarnos lo más alto posible en el menor tiempo posible, buscando él mismo las corrientes ascendentes en las laderas de las montañas, y que el riesgo que asumió fue por este motivo, cosa que egoistamente agradecimos... Cuando Keper consideró que teníamos altitud suficiente, y que estábamos en una zona con aceptables térmicas, nos desenganchamos. A partir de aquí es cuando el vuelo volvió a sorprenderme muchísimo. Había imaginado el vuelo en velero como el más silencioso y placentero del mundo, cuando me vi metido en una serie de espirales constantes, con alabeos de 45, 60, 75 grados, ciñendo, pidiéndole más al ligero velero, cargando G's y sobre todo, sobre todo, con el maldito variómetro acústico a todo volumen atronándome la cabeza. Instrumento del demonio que desconocía, ahora entiendo su utilidad. Es sencillo: una serie de pitidos constantes, más o menos agudos, más o menos juntos, te indican si tienes vario positivo y estas ascendiendo, o si por el contrario estas cayendo, y te permite saberlo sin mirar dentro de la cabina, sin quitar los ojos de esa ladera, de esas rocas, de esos pinos o de esos buitres que son una amenaza para la integridad de tu pequeña aeronave.

Insisto, me sorprendió. Pero me he quedado con el gusanillo dentro. Con el Alien dentro, más bien, deseando salir. Es otro rollo. Nada que ver con la aviación a motor. Es como navegar a vela a un mar inclemente. Es como hacer surf. Es maldita poesía agresiva. Aquí no hay nada que disimule lo malo que eres volando. Aquí si eres bueno, si tienes manos, se ve. Y sino, también. No tienes un motor que te permita ser un guarro volando una aproximación o que compense los trescientos pies que pierdes en un viraje. Aquí buscan ansiosos los rotores de los que nosotros huimos por todos los medios. Aquí los errores se pagan en metros que desciendes. Y los metros pueden ser muy caros... Solo piloté el velero durante el descenso. Keper me lo ofreció en aquella térmica, a escasos metros de esa ladera de roca pirenaica, pero humilde y sabiamente decliné la invitación. Tiempo al tiempo. Pero el descenso fue otra cosa. Esa parte si cuadró con la que inicialmente imaginaba. Una vez apagado el maldito vario acústico, solo el sonido del aire cortado por nuestras largas alas inundaba la cabina. El avión era suave al mando, mimando el vuelo para no malgastar energía mientras buscaba la velocidad exacta para obtener el máximo alcance, y así el máximo placer. Viniendo de un barco con alas que vuela como un maldito tractor (con cariño), absolutamente sorprendente la capacidad de planeo de estos bichos, y eso que el que volamos dista de ser un último modelo recién sacado de fabrica. La toma, rápida y precisa, perfectamente calculada, no sin antes Keper haberme pedido los mandos y, por sorpresa, meterme un picado en ingrávido para ganar velocidad, seguido de un tirón a la vertical y una caída de ala. Estoy enganchado. Un vuelo ha bastado para ello, y no se cuando, pero volveré a hacerlo. No se cuando, pero subiré yo solo ahí arriba, para escuchar de nuevo esa maldita poesía agresiva.

13 octubre 2014

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