Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Dos historias inconexas

Esta mañana mientras desayunaba me he puesto a ver el documental “Fundación Infante de Orleans: 25 años haciendo historia”. Ya lo había visto una vez, pero me apetecía volver a hacerlo pues recordaba que me había gustado.

En un momento dado, casi al final, el presidente de la fundación, don Carlos Valle, hace a groso modo la siguiente reflexión: la razón de ser de la fundación son los aviones. Los aviones. No los aviadores que los vuelan. Las exhibiciones son sencillas y repetitivas, pues en absoluto se busca el lucimiento personal de los pilotos. Los silenciosos protagonistas son -y deben seguir siendo- los aviones históricos que cada primer domingo de mes son presentados al público en el aeródromo de Cuatro Vientos. Y yo, personalmente, no puedo estar más de acuerdo con él. Soy en general un individuo bien pensado, y me creo esas palabras, y quiero creer que todos sus pilotos comulgan de corazón con esa filosofía.

Un compañero cuenta la siguiente historia. Hace años, siendo él todavía segundo piloto, estaba volando con un piloto instructor y este le dijo que realizase la siguiente maniobra: en un embalse relativamente largo de la zona norte de Madrid, cargar agua, despegar, descargar inmediatamente, volver a cargar agua, y así sucesivamente en linea recta. A ver cuantas veces era capaz de hacerlo antes de quedarse sin embalse. Intentando, por supuesto, evitar estamparse contra la presa del final.

Era esta una maniobra que se realizaba con frecuencia cuando yo empecé a volar aquí. Y no está exenta de riesgo -bueno, sí, como todo lo que aquí hacemos-. Recuerdo sobre todo el miedo en muchos mecánicos de vuelo. Formaba parte de la instrucción, ya sabes, aunque no estaba reflejada por escrito en ningún manual. El principal elemento de riesgo era sin duda alguna el piloto. Las prisas en volver a meter el avión en el agua, dando a penas tiempo a que las compuertas de descarga se cerrasen y el sistema de agua volviese a estar en disposición de amerizar de nuevo. La presión del instructor. O lo que es peor, la presión personal. Para más inri -en mi humilde opinión- esta maniobra no sirve absolutamente para nada. La considero un riesgo innecesario que solo invita a saltarse los procedimientos correctos a la hora de volar este avión. Como siempre digo, ya volamos en un ambiente lo suficientemente poco estandarizado como para forzar la máquina todavía más. Es, pues, una maniobra que jamás he demostrado siendo yo instructor, y que por supuesto jamás he exigido a los pilotos que vuelan conmigo.

Bien, pues este día, según sigue contando nuestro compañero, él notaba el avión terriblemente pesado. Difícil de manejar. Duro -sí, más de lo habitual, que ya es decir-. Pero continuó con la maniobra, al principio callado -como buen segundo-. Carga y descarga, y de nuevo al agua. Después haciendo algún comentario tipo «eh, no se, pero yo creo que algo no va bien por aquí», sin obtener mayor respuesta de su primero. Carga y descarga, y de nuevo al agua. «Puf, mi capitán, no puedo más, de verdad. Yo creo que algo va mal». Tras el típico «anda, dame el avión, que estás amariconado. ¿Que cojones habrás desayunado hoy?», el primero tomó el mando para darse cuenta alarmado de que, efectivamente, algo iba realmente mal en el avión. «¿Pero que coj…? ¡Tío estamos en emergencia! ¡Los mandos están bloqueados! ¡Vámonos cagando leches de aquí!»

Esa vez todo salió bien, como tantas otras, y simplemente lo cuento aquí para que todos saquemos alguna enseñanza de ello. Nos puede incluso parecer una chorrada. Una mera anécdota para contar entre risas y cervezas. Pero una vez más -y no me cansaré de repetirlo nunca- en este negocio la línea que separa una anécdota de una tragedia es muy, muy delgada. Y en un porcentaje muy alto de situaciones el factor determinante es el piloto.

¿Me sirvió para algo esta historia el día que la escuché? -y eso fue antes de que fuera yo piloto instructor-. Pues para algo muy sencillo: siempre que vuelo en instrucción y estoy exigiendo a mi alumno que haga algo, cada cierto tiempo tomo los mandos y lo hago yo. Así de simple. Cuando llevas el suficiente tiempo pilotando -pilotando, que no volando- aprendes que no es en absoluto lo mismo ir sentado en la cabina a llevar los mandos. Si no llevas los mandos no percibes el 80% de las sensaciones. Puede que el piloto esté volando tan bien que tú sentado al lado ni te enteres de la cantidad de correcciones que tiene que meter para compensar esa turbulencia, ese viento cruzado o esas olas en el mar. No es hasta que coges los mandos que te das cuenta de como realmente está la situación. Así pues, lo dicho, cuando veo que algo le cuesta a mi instruido, tomo los mandos y lo hago yo. Solo así puedo medir el nivel de exigencia que le puedo pedir teniendo en cuenta su experiencia, su habilidad y su aptitud.

Dos historias inconexas. O tal vez no...

27 junio 2016

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