Cuaderno de bitácora de un aviador inquieto

Peligros sumergidos

Tras escribir el breve artículo que a continuación os dejo, me he dado cuenta de que ya había publicado uno contando este incidente. De todos modos, para no tirar lo ya escrito -que pretendía ser una respuesta a una pregunta de José Manuel- aquí os lo dejo. Si os quedáis con ganas podéis echar un vistazo al artículo original, de hace algo más de dos años. Incluso a mi me ha sorprendido lo semejantes que son...

Aquel día, cuando llegamos al incendio, uno de nuestros aviones ya estaba operando en él, así que como siempre solemos hacer le seguimos hasta el punto de carga de agua y entramos detrás de él.

Siempre que llegamos a un embalse, antes de cargar, lo revisamos sobrevolandolo a distintas alturas para determinar la dirección y sentido del viento, y para localizar los posibles obstáculos que puedan poner en riesgo la operación. Entre estos obstáculos, los más peligrosos son los bajos. Zonas con menor profundidad, rocas o cualquier otro objeto sumergido que pueda estar cerca de la superficie.

Está vez entramos directamente a la carga detrás de él, ligeramente a la derecha para evitar su estela turbulenta. “Probes” abajo y el agua comienza a entrar en los depósitos. La zona de carga es corta -un tramo del río Ulla, en la provincia de A Coruña- así que no podemos dormirnos durante la maniobra. Y fue cuando estábamos a punto de despegar cuando oímos un estruendoso impacto seco en la parte baja del avión. El golpe terminó de sacarnos del agua. Estábamos volando. «Hemos chocado con algo», dijo el comandante de aeronave. «Sí, seguro», acerté a decir. Un segundo después -tras sentir que el avión seguía volando aparentemente sin problema- vimos como los depósitos de agua se vaciaban instantáneamente. «Bueno, hora de irse a casa, ¿no?»

Le pedimos al otro avión que nos echase un vistazo para evaluar los daños. Entró en formación cerrada y tras dar un par de vueltas a nuestro alrededor confirmó que nos faltaba la toda la zona de “probes” -la parte media del caso, justo en el rediente-. Con esta información, volamos al aeródromo de Santiago donde aterrizamos sin mayor novedad. Al bajar del avión eché un vistazo a la zona dañada. Todo el metal que rodeaba el agujero estaba arrugado como si de papel de aluminio se tratase. Menudo boquete, y menuda suerte. Esta vez el impacto nos pilló a alta velocidad, a punto de irnos al aire, y no pasó nada más. Esa misma tarde cogimos el avión y volamos hasta Albacete donde nuestros compañeros de la Maestranza Aérea tendrían que hacerse cargo de él hasta volver a dejarlo en perfecto estado -como siempre hacen cuando rompemos algo. Ahí va mi respeto, y mis gracias-.

Tras este incidente me prometí que cuando yo fuese comandante de aeronave jamas entraría en el agua sin antes haber revisado personalmente la zona de amerizaje. No me gusta reconocer que es una promesa que con el paso del tiempo he incumplido en varias ocasiones. Siempre que lo hago me acuerdo de este incidente y de lo que nos podría haber pasado... Que queréis que os diga, nadie es perfecto, y menos yo.

20 julio 2016

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